Peregrinar a Tierra Santa:
Cuando el miedo no tiene la última palabra

La primera pregunta no suele ser cuánto cuesta el viaje, ni qué hoteles tendremos, ni si habrá guía en español. Muchas veces, la primera pregunta es otra:
¿No os da miedo ir a Tierra Santa?
Es una pregunta comprensible. Basta encender la televisión o leer las noticias para que nombres como Jerusalén, Belén, Gaza, Cisjordania, Galilea o Tel Aviv aparezcan envueltos en tensión, incertidumbre o conflicto. Para muchas personas, Tierra Santa se ha convertido en una tierra deseada y temida al mismo tiempo: el lugar al que siempre han querido ir, pero también el lugar que nunca parece estar en el momento perfecto para ser visitado.
Y quizá ahí comienza realmente la peregrinación.
Porque peregrinar a Tierra Santa no es simplemente elegir un destino religioso. Es entrar en una tierra compleja, herida, santa y viva. Una tierra donde la fe cristiana no se contempla desde la distancia, sino que se toca con los pies, con los ojos, con el cansancio del camino y con el silencio del corazón.
Tierra Santa no admite respuestas simples
Ante la pregunta del miedo, sería fácil responder con una frase rápida. Decir que todo está controlado, que los itinerarios se revisan, que se trabaja con guías locales, receptivos, casas religiosas y personas que conocen la realidad sobre el terreno. Todo eso es cierto. Una peregrinación responsable no se improvisa. La prudencia forma parte del viaje tanto como la fe.
Pero hay otra verdad más profunda.
A Tierra Santa no se va solo porque sea seguro. Se va porque es Tierra Santa.
Esto no significa confundir fe con imprudencia. La imprudencia no es virtud cristiana, aunque a veces se disfrace de confianza. Pero tampoco podemos dejar que el miedo sea siempre quien interprete la realidad por nosotros. Hay momentos en los que una peregrinación se convierte en algo más que un viaje: se convierte en una forma de permanecer unidos a una tierra, a una memoria y a una Iglesia que sigue viva allí.
Porque Tierra Santa no son solo piedras antiguas. Son también familias cristianas, franciscanos, parroquias, conventos, guías, sacristanes, artesanos, conductores, comunidades pequeñas y fieles que siguen esperando que los peregrinos vuelvan.
La geografía de la fe
El cristianismo no nació como una idea abstracta. Nació en una tierra concreta. Tiene lugares, caminos, montes, casas, grutas, ciudades, desiertos y lagos. Tiene Nazaret, Belén, Jerusalén, Caná, Cafarnaúm, el Tabor, Getsemaní, el Calvario y el Santo Sepulcro.
La fe cristiana puede vivirse en cualquier rincón del mundo, pero no podemos olvidar que Dios eligió entrar en la historia desde una geografía concreta. La Encarnación tiene tierra bajo los pies.
Por eso, cuando un peregrino llega a Nazaret y entra en la gruta de la Anunciación, comprende algo que ningún folleto puede explicar del todo. Allí, en la sencillez de una casa, comenzó el “sí” que cambió la historia. Cuando baja a Belén y se inclina ante la gruta de la Natividad, entiende que Dios no quiso nacer en un palacio, sino en la pobreza de una tierra pequeña. Cuando sube a Jerusalén y camina hacia el Santo Sepulcro, descubre que la fe no es una teoría piadosa, sino un acontecimiento.
Hay lugares que uno visita. Y hay lugares que uno atraviesa.
Jerusalén pertenece a los segundos.
Cuando el peregrino se queda sin palabras
Durante una peregrinación a Tierra Santa, muchos llegan con expectativas muy distintas. Algunos viajan con una fe sencilla y profunda. Otros lo hacen por cultura, por acompañar a su parroquia, por vivir una experiencia diferente, por cumplir una promesa o porque siempre habían querido ir y nunca encontraban el momento.
Algunos llegan con rosario. Otros con cámara. Algunos conocen bien el Evangelio. Otros apenas recuerdan los nombres principales. Pero casi todos, tarde o temprano, acaban callándose.
Tierra Santa tiene esa capacidad: deja al peregrino sin discurso.
Puede ocurrir en el lago de Galilea, al imaginar a Jesús llamando a los primeros discípulos. Puede suceder en Getsemaní, donde la noche de Cristo toca de cerca nuestras propias noches. Puede pasar en el Calvario, ante la piedra fría, o en el Santo Sepulcro, donde el silencio pesa más que cualquier explicación. También puede ocurrir en Belén, al descubrir que la Navidad no empezó como una postal luminosa, sino en la fragilidad de una gruta.
En Tierra Santa uno cree que va a mirar lugares. Pero, de algún modo, acaba sintiéndose mirado por ellos.
El lago pregunta por nuestra llamada. Getsemaní pregunta por nuestra confianza. El Calvario pregunta por nuestras heridas. El Sepulcro vacío pregunta si creemos de verdad que la muerte no tiene la última palabra.
El miedo de ir… y el miedo de dejar de ir
Claro que puede dar miedo. Da miedo organizar mal una peregrinación. Da miedo que alguien confíe en nosotros y no estar a la altura. Da miedo que la situación cambie. Da miedo mirar a una persona mayor a los ojos y decirle que sí, que vamos a intentar volver.
Pero también debería darnos miedo lo contrario: acostumbrarnos a no ir.
Cuando los peregrinos desaparecen, no solo se vacían los hoteles. Se vacían también los patios de los conventos, las capillas de madrugada, los bancos gastados de las iglesias, las tiendas de los artesanos cristianos, las mesas donde tantas veces se ha servido una sopa caliente después de una jornada larga.
Y, sobre todo, se debilita un vínculo visible con las comunidades cristianas que permanecen allí.
Los cristianos de Tierra Santa no son una nota al pie de la historia. Son piedras vivas. Son parte de una presencia que ha atravesado siglos de dificultad, de tensiones, de esperanzas y de fidelidad. Peregrinar también es decirles, de alguna manera: no estáis solos.
Tierra Santa, el quinto evangelio
A Tierra Santa se la ha llamado muchas veces el “quinto evangelio”. No porque añada nada a los cuatro Evangelios, sino porque ayuda a leerlos con una profundidad nueva. La tierra explica el texto. El paisaje ilumina la Palabra. La distancia entre un lugar y otro, la subida a Jerusalén, la luz de Galilea, el silencio del desierto o la estrechez de las calles antiguas hacen que muchos pasajes se comprendan de otra manera.
No se trata de buscar emociones fáciles ni de convertir la fe en turismo. Una peregrinación bien vivida no es una colección de fotografías, sino una experiencia interior. Por eso es tan importante cuidar los horarios, las celebraciones, los tiempos de silencio, las visitas, las explicaciones y el ritmo del grupo. Una mala organización puede impedir que el alma escuche.
Pero cuando todo está al servicio de la experiencia espiritual, Tierra Santa se convierte en una escuela de fe.
Nazaret enseña la humildad de lo cotidiano.
Belén enseña la pequeñez de Dios.
Galilea enseña la llamada.
El desierto enseña la prueba.
Jerusalén enseña el amor llevado hasta el extremo.
El Sepulcro vacío enseña la esperanza.
Peregrinar no es huir del mundo
A veces se piensa que peregrinar es alejarse de la realidad. En Tierra Santa ocurre lo contrario. Allí la realidad aparece con toda su fuerza: la belleza y la herida, la oración y el conflicto, la historia y la actualidad, la fe y la política, el silencio y el ruido.
Peregrinar a Tierra Santa no significa ignorar la complejidad de aquella tierra. Significa caminar por ella con respeto, prudencia y mirada cristiana. Significa no simplificar lo que es complejo, pero tampoco permitir que la complejidad apague el deseo de encontrarse con los lugares donde Cristo nació, vivió, murió y resucitó.
Hay que ir con los ojos abiertos. Pero también con el corazón abierto.
Porque Tierra Santa no se entiende solo con datos. Se entiende caminando. Se entiende escuchando. Se entiende rezando. Se entiende entrando en una gruta, subiendo un monte, cruzando una puerta estrecha, esperando en silencio, compartiendo mesa, mirando a los cristianos locales a los ojos.
Volver a Tierra Santa
Quizá nunca exista el momento perfecto para ir. Siempre habrá dudas, preguntas, prudencias necesarias y circunstancias que valorar. Pero también es verdad que, si esperamos a que todo sea absolutamente perfecto, quizá nunca salgamos.
La peregrinación comienza cuando el miedo deja de ser el único criterio.
No porque no exista. No porque no importe. Sino porque hay algo más grande que el miedo: la llamada, la fe, la memoria, la comunión con quienes permanecen allí y el deseo profundo de pisar la tierra donde Dios tocó nuestra historia.
Tierra Santa no es un destino cualquiera. Es la geografía de la Encarnación. Es el lugar donde la Palabra se hizo carne, donde el Evangelio tomó caminos, piedras, agua, polvo, lágrimas y luz.
Por eso seguimos volviendo.
No porque no haya preguntas.
Sino porque allí, muchas veces, las preguntas empiezan a convertirse en oración.
GALERÍA: Peregrinación 2026
- Teléfonos: +34 654 043 828 / +34 658 388 052 / +34 654 043 742
- Email: info@axisperegrinaciones.com
- Web: axisperegrinaciones.com
- Facebook / Instagram: @AxisPeregrinaciones (síguenos para conocer próximas fechas y grupos)
¡Buen Camino y que Dios te bendiga en cada paso!